Los ojos de Manuela

«Esta tarde les oí hablar en la cocina. Mamá decía que al volver del mercado se había encontrado con el niño de la casona —creo que se refiere a ese que nació tan malito, el que llevaron a curar al extranjero—, que iba con un señor que trabajaba en su casa, y que le lleva a todos los sitios. Que se imaginaba —por la funda de violín que llevaba en la mano—, que iban a clases de música. Hablaron de lo mucho que a ti te gustaba la música. Igual que a mí. Pero que nosotros no podíamos permitirnos esas cosas. También dijo que tenía mi mirada. Y la tuya. Que sus ojos eran bellos y claros como el día. Igual que los míos. Y los tuyos. Entonces mamá se puso a llorar y papá la consoló. Que no llorase, que nada podían hacer, que los que tenían dinero y abogados eran ellos, que era hora de olvidar, que ya habían pasado diez años… qué casualidad, Manuela, los mismos que hace que desapareciste tú. Te quiero, buenas noches».

Besa la manoseada foto y la guarda en el cajón junto a las inmensas ganas de que su gemela aparezca algún día. 

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