¿Nos conocemos?

Conseguir su sueño y con él la felicidad tenía un precio, y con esa seguridad que proporciona el dinero le entregó al especialista varias fotografías informándole tajante, qué quería y cómo lo quería.

Tras seis meses de reformas concluyó la obra. Admiraba sus ojos, ahora verdes, dominando en esa explanada, tersa y ausente ya de bolsas, zanjas y patas de ave. Y donde antes había una napia aquilina oteando permanentemente sus pies, hoy asomaba una naricilla respingona protegida por un vigoroso pómulo a cada lado. Qué decir de esos rollizos labios y de ese mentón fino y altivo, compañero otrora de una extinta papada, coronando su rostro. Se centró después en sus pechos. Ahora desafiantes, generosos, lozanos y sin miedo a la gravedad. Y en sus glúteos. Descollando rumbosos, firmes y duros, tal y como lucía su actriz favorita en las fotografías que le entregó al reputado mago del bisturí.

No sabe cuánto tiempo permaneció así, contemplándose extasiada, cuando inexplicable y repentinamente se liberó de su embeleso y dirigiéndose a la imagen que reflejaba el espejo se le encaró malhumorada… 

«Y tú, ¡quién coño eres!»

 

 

Esta imagen la he cogido prestada de la red

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