Te conozco bacalao, aunque vayas disfrazao

—¡5.000 pelas, tronca… vaya un marrón! Empezamos bien las vacas…
—Tranki, tía, que el picoleto venía rayao, ¡si nada más pararnos empezó la movida!… que si el cinturón, que si los papeles del buga, que si la ele…
—¿Y el rollo macabeo que nos largó después?, ¡que vaya pintas…… que ya no hay valores… que dónde vamos a llegar… que si nuestros viejos supieran!
— No te comas el tarro, Sofi, nos tocó el chungo, el carroza… lo pagamos a medias y punto.

Con la multa en el bolsillo de sus vaqueros, Sofía y su chica retomaron el viaje hasta el hotel de la playa. Apenas llegaron a la habitación y sin ánimo para deshacer maletas decidieron ir a cenar. Salieron al tapizado pasillo y camino del ascensor, dos hombres que llevaban idénticas intenciones. Repentinamente la mano del más alto, presintiendo que quizá había alguien en la retaguardia, liberó el culo —enlatado en unos pantalones negros de cuero brillante— de su acompañante.
Sofía, adelantándose dos pasos y al tiempo que deslizaba una mano dentro del bolsillo de sus vaqueros, palmeó con la otra el hombro del más bajo… Lo reconoció enseguida, aunque ahora no llevase tricornio.

Unknown.jpeg                                                          Imagen tomada de la red

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