Flora

Me llamo Flora y he vuelto a caer… he pasado por un escaparate y no he podido resistirme. ¡me he comprado otro bolso!. Los bolsos me fascinan y no concibo salir a la calle sin uno, ¡eso sería como salir desnuda!. Aunque la lenguaraz del quinto dice que en ese caso, bien podría taparme con alguno… por lo poquita cosa que soy.

Mis amigos y familiares saben que si me quieren hacer feliz, pueden regalarme uno. En el fondo les hago un favor, conmigo las Navidades y cumpleaños no son un quebradero de cabeza. Aunque a veces me encuentro con dos iguales y haya que cambiarlo. Como aquél de rayas que me regaló mi primer novio, entre berenjena y zanahoria, difícil de definir. Lo descambió, sí, ¡pero por uno rojo amapola chillón!. Llevábamos cinco meses saliendo y aquello no prosperaba. ¡Y qué iba a esperar de alguien que regalaba bolsos así!. Yo lo tengo muy claro, dime qué bolso me regalas y te diré cómo eres. Una mañana le escribí decidida: “Te dejo, tu corazón está como mi bolso, plastificado”. No sufrió mucho, esa noche mi hermana le vio por ahí, de juerga con otra.

Los marrones son mis preferidos. Los tengo en todos los tonos: tierra, chocolate, canelo. Mi buen amigo Ramiro, médico y pacifista, me trajo uno, color café, de Tetuán. Se marchó a Suiza para no hacer la mili y ¡mira por dónde! se fue a enamorar de la hija de un alto mando de la Fuerza Aérea. Se mosquea conmigo, siempre que le recuerdo, que gracias a las armas conoció al amor de su vida.

Mi madre dice que los bolsos tienen que ser bien grandes. De sus vacaciones en Egipto, me trajo uno en el que se me pierde el móvil, la cartera y nunca encuentro las llaves. No lo sabe, pero lo uso como bolso de viaje.

Los azules también me gustan, marino, cielo, turquesa, pizarra. Excepto el azul real. Como el que me regaló mi prima, que por cierto aún no he estrenado, posiblemente por su tono aristocrático. Nunca me gustaron los disfraces de reinas ni princesas. ¡Ya de pequeña apuntaba maneras!. Cuenta mi madre, que esa animadversión hacia lo monárquico la heredé de mi abuela, ahora acrecentada gracias a un rey, que no contento con la crisis que reina en nuestro país, se va a cazar paquidermos a Botsuana… aparte de ser una indecencia, ¡vaya un curioso y lujoso hobby!, nada apto para cualquier bolsillo.

Otra que me regala bolsos es Susana, una amiga de mamá. Habla hasta por los codos y siempre con sus eternas preguntas: “Que si tengo novio, que porqué no me caso, que cuándo voy a hacer abuela a mi madre”. Por dios, le contesto con cierta vehemencia… “¡Yo no pienso tener hijos, o por lo menos hasta que la maternidad no llame a mi puerta!”

Pero volviendo a mis bolsos, tengo muchos en verde, en todas sus gamas: musgo, menta, pistacho, militar… vaya, militar, como mi segundo novio… ¡qué recuerdos!. Me regaló un Miu Miu, carísimo, pero saliendo de la zapatería donde fui a comprarme unos zapatos que le hicieran juego, le vi con una del brazo… ¡era un hombre casado!. Aunque estaba muy enamorada de él, decidí dejarle. Entonces me convenció de que se divorciaría. Pasaron cuatro meses y yo seguía esperando. ¡Ingenua de mi!. Pero de nuevo la casualidad se puso de mi parte… ¡Volví a pillarle y esta vez, no con su mujer!. Despechada se lo dije y le puso la maleta en la puerta. El padre de la otra, que también desconocían su situación, amenazante le leyó la cartilla, huyó de la ciudad. Por supuesto que las tres salimos ganando.

Tengo varios blancos, pero mi favorito es uno que no es de piel, me lo regaló mi mejor amiga que ahora es vegetariana. Viendo un documental descubrió cómo mataban a las focas bebé para arrancarles la piel, desde entonces ni come carne ni usa pieles de animales.

Los negros me encantan; lisos, con flores, en bandolera, con asas, en mochila, de fiesta. El último que me regaló la hermana de mamá, es para eventos elegantes. Es la mujer más besucona del mundo. Cuando éramos pequeños, nos escondíamos cada vez que venía al grito de: “¡Que viene la tía Aquilina”. Fiel a su costumbre, me los sigue regalando negros.

También los tengo grises, como uno marengo que me regaló Gregorio, mi tercer novio. Paseábamos una tarde fría y lluviosa. Un viento fuerte me lo llevó y fue a parar a un charco. Me puse histérica, mi preciado bolso dentro de aquél lodo, nunca recuperó su color, su textura. Se me puso blandengue, me confesó que no podía superarlo, que mis bolsos le perseguían, que soñaba con ellos. ¡Qué ridícula excusa!, a los pocos días le vi con Matilde, esa no tenía bolsos pero sí dos poderosas razones. Mi hermana para consolarme me trajo uno amarillo, decía que de existir el alma, ese sería su color. Por culpa de los bolsos me dejó Gregorio, y gracias a eso he conocido al hombre de mi vida, me da que éste es el definitivo, además de tener muchas cosas en común conmigo, ¡tiene una tienda de bolsos!.

Para mi el bolso, más que un objeto es una prolongación de mi misma. Él es importante por todo lo que lleva dentro; el perfume que me identifica, algunas fotos, direcciones y teléfonos de mis seres queridos, la agenda que me recuerda lo puntual, caramelos para endulzar un momento amargo, el bolígrafo, la libreta siempre pronta cuando me asalta una idea, la apasionada historia que me alimenta hasta que una nueva la reemplaza, pañuelos para enjugar la emoción…

No me molesta que digan que soy una mujer a un bolso pegada, ¡me gusta ese aire quevediano!, porque aparte de los bolsos y al igual que el maestro de la sátira, poseo un inagotable sentido del humor. Seguro que estáis de acuerdo conmigo con aquél refrán que dice..

Más vale bolso en mano, que cien cosas dispersas por los bolsillos”.

Flora nació para una despedida de curso. Quise hacer algo jovial. La original llevaba los nombres de mis compañeras, solo he obviado eso y algún detalle que ahora no viene a cuento. Si con Flora consigo sacarte una sonrisa, aunque sea fugaz, me daré por satisfecha.

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