DICOTOMÍA

 

Acaba de despertarse y se despereza delante de la ventana, una bocanada de sol se detiene en su cara. A un lado, el jardín rebosante de primavera le regala su primer aroma de la mañana. Risas de niños cabalgando en bicicleta, el peloteo en la cancha y el azul de la piscina rivalizando con un sereno cielo… le armonizan los sentidos. Del otro lado, un pinar; árboles centenarios y acogedores caminos. Algún corzo bailando el aire y ágiles ardillas explorando el suelo que la invitan a solazarse en él.

Se viste de chandal. Se monta en su coche.

Después de veinte kilómetros llega a la turbia ciudad. Recorre calles completas de vehículos hasta aparcar el suyo. Quince minutos a pie por el rígido e impasible asfalto la separan del gimnasio. En cuarenta metros cuadrados y con diecinueve personas entrena durante un par de horas. El bochorno, el ambiente, el sudor… agobiantes se cosen a su cuerpo. Extenuada, espera a la cola para darse una ducha.

Llega a casa. La miran al pasar… el aire, los pinos, los pájaros, las rosas…

Ella es humana, tremendamente humana.

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