Un gran trocito de su vida

 

El autobús del colegio le dejaba al lado de casa. Entraba corriendo, abandonaba su mochila por doquier y recogía la merienda que le tenía preparada. Apresuradamente cogía el balón y como un rayo salía a la parcela, tras unos metros se detenía frente a una casa, cercana a la nuestra. Esperaba. 

Yo le observaba desde nuestro jardín, agazapada para que no supiera que conocía su secreto. 

Merendaba y al mismo tiempo jugaba al balón, que con certera maestría colaba donde quería, no en vano era el pichichi de su equipo.

De vez en cuando giraba la cabeza hacia nuestra casa, parecía pedir a gritos:  ¡Mamá agua!. 

Nuestra complicidad era tal que no hacía falta que lo hiciera, me acercaba y con la excusa de llevarle la sudadera que repetidamente olvidaba, sacaba de mi bolso una botellita de agua: “Cariño, ¿tienes sed?”.

“Si, gracias mamá”, me contestaba admirado.

Secaba su frente sudada, más por la emoción que por el cansancio, exultante, seguía esperando.

Al rato, una voz y pícara sonrisa, la sonrisa de quien se siente cortejada, se percibían por una ventana: “Daniel, ahora salgo”. 

Las altas y densas adelfas le impedían verla, pero cuando la oía, todo en él se transformaba. Tras varios minutos aparecía Marta, la niña que le hacía suspirar.

Jugaban hasta caer la tarde, en la pandilla todos sabían que él y Marta eran novios.  

Los días transcurrían,  y como cada tarde salía a esperarla, pero, aquélla no se asomaría a la ventana. Begoña, su hermana, le entregó un papel doblado, dentro unos trazos infantiles…     

          Ya no soy tu novia ahora mi novio es Ruben.

       firmado Marta

                   

Humillado y enojado irrumpió en casa, subía las escaleras repitiendo: “Rubén es un idiota”.

Sus ojos iban cargados de dolor, también de lágrimas.

Le seguí hasta su habitación. En contra de mi deseo, decidí dejarle solo y sin preguntas a la espera de que fuera él quien las precisara. Necesariamente ese día mi hijo descubriría que sentir amor, a veces conlleva también padecerlo.  

Esa noche, cuando fui a arroparlo, susurró: “Mamá no hagas eso, ya no soy un niño”. 

Le di un beso y como no era partidaria de  encomendar destinatarios a sus sueños, por si en ellos no hubiera cabida para otros querubines,  le deseé: “Que sueñes con quien tú quieras”. 

Apagué la luz, desde la oscuridad me preguntó: “Mamá, ¿hay muchas novias en el mundo?”. 

Su pueril pregunta me consoló, dejaba adivinar que su primer desengaño pasaría pronto,

“Pues claro que hay muchas novias, tantas como novios”. Se rió.

Al salir un papel arrugado en el suelo llamó mi atención, en él se leía:

      Ruben eres un estupido

  Más abajo unas conturbadas letras:

                               por que a mi 

 “Empieza a dejar de ser un niño”, asentí con melancolía.

El dolor forma parte de nuestra vida, y aferrarse a ella, entraña madurar. 

Aquella fue la última noche que lo arropé.  

Imagen de Google

Anuncios

5 comentarios en “Un gran trocito de su vida

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s