Cuatro horas

 

Tan solo diez minutos y mi tren partiría. Los escasos metros que me separaban del andén, me parecieron miles. Las ruedecitas de mi maleta apenas tocaban el suelo, mis pies volaban raudos en busca de un supersónico tren que pretendía salir sin mí.

Volvía a hacerlo, cada viaje la misma cantilena… “La próxima vez vendré con más tiempo y me tomaré un café, visitaré esas llamativas tiendas”, sin admitir que yo agotaba hasta el último minuto de mis idas y venidas. Jamás un tren me había dejado en tierra. Mi abuela decía que era un don… “Llegar siempre a tiempo donde crees que tienes que estar.”

Sentada, comprobé que haría un viaje sin acompañante. Saqué de mi bolso un libro, El mar. Tenía cuatro largas horas para adentrarme en él, aunque no sabía si éste me resultaría tan cálido, profundo y divertido como el que me vio nacer.

Un suave y entrecortado sollozo me distrajo, levanté la vista y al otro lado, unos ojos claros se me quedaron mirando… “¿Por qué lloras?”, me pudo la curiosidad. Sin respuesta alguna, apartó su mirada, pero cada surco de su cara delataba el ir y venir en sus adentros.

El mar me esperaba y volvió a empaparme, el vaivén del tren mecía sus apasionantes letras.

De nuevo el conocido llanto, me devolvió al moderno vagón. Giré la cabeza y una vez más los cristalinos ojos. Sostuve su mirada, hasta que ella tímidamente se levantó y se sentó a mi lado.

¿Crees que podrías entenderme?”. Su pregunta me desconcertó, no era ayuda lo que pedía. “Claro, le contesté, tengo dos hijos de tu edad y lo intento todos los días de sus vidas”.

El tren avanzaba aunque eso ya no importaba, la joven sumida en una tristeza tan intensa como un mar, parecía querer llenarlo.

Recordaba cómo logró alejarse de lo que le ataba. Romper con la mentira que le impedía ser ella.  Se lamentaba, hablaba de intolerancia, de solapadas respuestas a una verdad jamás admitida. Repentinamente una rosada sonrisa tiñó su rostro, acariciaba una medalla en la que se leía un nombre, la cadena que colgaba de su cuello se entrelazaba entre sus dedos…

Por ella abandoné mi país, la vida comenzó con ella y aprendí que esperar y que te esperen es compartir, descubrí que ya no me daba miedo sentir, estremecerme”

Rememoraba sus afortunados días, de repente dejó de acariciar su nombre, descolgó la cadena de su cuello y la arrojó al suelo. Extrañada le pregunté. De nuevo sus ojos volvieron a colmar su ánimo.

Me ha dejado, huyo de todo lo que me recuerda a ella, del sol, del aire, del mar”.

El desamor llenaba su vida, se dolía. Con tono afligido, desgarrador…

Sin ella la vida no sabe, no huele, no soy, no quiero seguir, ¿para qué? ¡quiero acabar con todo!”

Sus últimas palabras me sobresaltaron, pero respiré tranquilidad, acariciando su mano le dije…

Existen otros mares, otros cielos, alza tu vista y mira ese sol que amanece por ti, resplandece para ti, ahí fuera hay alguien que espera, un nuevo corazón que anhela inspirarse en ti”.

Pasaron unos minutos, interminables. Sus ojos seguían brillando, pero ausentes y quietos. De pronto, noté en ellos otro destello, no de lágrimas, sus transparentes ojos ¡querían seguir estando! estar donde creían querer estar.

Viajamos en silencio, el calor de nuestras manos, aún unidas, eran el mejor presagio de una promesa, seguir.

No se presentaron, dos nombres son sólo nombres. No se despidieron.

Jamás se llamarán por teléfono, pero conservarán para siempre el roce de sus manos, tan solo bastaron cuatro horas para hacerse eternas.

 

 

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2 comentarios en “Cuatro horas

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